El día que llegaste a mi vida

Era por la tarde; típica tarde de verano… Acabábamos de ir a comprar varias cosas para la cena, y llegando a mi calle escucho como varios coches pitan; me llama la atención ver a “qué” le pitan… ¡Cuando lo vi!
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Allí estaba, en mitad de la carretera, sin saber donde ir; aquel pequeño” gran labrador buscaba donde poder apartarse, pero no sabía como…

Con el coche aún en marcha, abrí la puerta (prácticamente casi me tiro del coche) y lo llamé. Aún desorientado, miró hacia quién lo llamaba.

Desconfiado, se acercó un poco a mí. Intenté acariciarlo, pero me rehuía. Así que me quedé quieta, agachada, a su altura para que no sintiera que yo fuese una amenaza… ¡Lo conseguí! Se quedó a mi lado el tiempo suficiente para poder abrir la puerta del recinto de mi casa y meternos dentro.

¡A salvo! Parecía que intentaba darme las gracias por estar ahí con él, ahí fue cuando decidí intentar nuevamente acariciarlo… Pero no solo eso, sino que ¡me dió un besito!

Os aseguro, que en ese momento, se creó un vinculo: NUESTRO VINCULO.

Seguía inquieto, como con intención de marcharse, pero volvía a mí de nuevo. En ese momento, mientras lo observaba se me plantearon millones de preguntas: ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer? ¿Tendrá dueño? ¿Dónde estará? ¿Lo estará buscando? ¿Y sino tiene dueño? ¿Dónde va a dormir esta noche? ¡Tendremos que buscar un veterinario para saberlo! ¿Dónde? ¡Es muy tarde, ya está todo cerrado!

¡¡PARA!!

 

No sabes cuanto tiempo habrá estado deambulando por ahí, ¡estará sediento y se morirá de hambre!

Rafa fue a por un poco de agua… solo os digo que tuvo que ir hasta tres veces a por agua. Increíble… Pobrecito.

Ahora vino la segunda parte: subirlo a casa para poder darle algo de comer (y un poco más de agua, por si acaso). Aún me río al recordarlo. ¡Fue una aventura! No se atrevía a entrar en el portal, aún desconfiaba. Dejaba medio cuerpecito fuera de la puerta… jajaja

Después de muchos intentos, entró. Subimos a casa, y empecé a buscar en la nevera que darle. ¿Qué le doy? No tenemos comida para perro (obviamente) Cogí algo de jamón york y un trocito de pan… Comía como sino hubiese un mañana.

Decidimos que pasaría la noche en casa, para que pudiese descansar y para así, nosotros, decidir que haríamos al día siguiente. Fuimos al supermercado para comprarle un saquito de comida y una correa, para poder llevarlo donde fuese necesario.

Deciros que ¡no dormí nada! Súper nerviosa, inquieta, pensando y pensando, y encima el “pequeñín” que ¡no quería separarse de mi! Lo poco que dormí fue en el sofá, junto a él…

Y llegó el día siguiente…

Decidimos que lo mejor sería acudir a la Protectora de Animales, allí nos ayudarían a resolver todas nuestras dudas.

Muy nerviosa, ya que no sabía que podía pasar: si iba a encontrar a su dueño, si lo habían abandonado, si tenía dueño…pero, ¿y sino tiene?

Por favor, por favor! Seguro que tiene, seguro que tiene un dueño que lo quiere mucho y que lo está buscando desesperadamente… a esta carita es imposible no quererla…)

Me temía lo peor.

Llegamos a Triple A(Protectora de mi zona, de la cual tengo que decir que nos trataron muy bien), yo con un nudo en la garganta que no me dejó casi ni hablar.

Nos tomaron nota de nuestros nombres y la zona donde lo habíamos encontrado; y procedieron a pasarle el detector del microchip. (Por favor, por favor…)

Mis peores temores, se hicieron realidad: NO TENIA DUEÑO

¿¿Y AHORA QUÉ??

Empecé a llorar (Aún me emociono al recordarlo…). No sabía que hacer. No podía hacer nada realmente. ¿Por qué? Pues porque aún vivo con mi madre, por que aún no se me ha presentado la oportunidad de independizarme, y además, ¡no es que fuese un chihuahua!

Me tenía que ir de aquel lugar sin él, sintiendo la necesidad de no poder abandonarlo. Era imposible.

Accedieron a quedárselo. Y yo, entre lágrimas y con un hilo de voz, les prometí que le buscaría un hogar.

No podía dejar de pensar en él.

No podía dejar de pensar en mi pequeño labrador. Sentía que lo había abandonado. Que él me había dado su confianza, y yo la había tirado.

Pasaron tres días desde que lo dejamos allí, y yo sentía que a mi vida le faltaba algo… solo pensaba en él,  y en los cientos de cosas que podían pasarle, sobre todo siendo un perro de raza grande. No iba a encontrar una familia, la gente solo quiere perros pequeños.

Gracias a vosotras, gracias a mi familia.

Pero… tengo una familia increíble. Una familia que vino a mi el tercer día y me dijo: “No queremos ver una cara tan triste en esta casa, así que ve a por él cariño. Si él es el que te hace feliz, ve a por él”.

Y fui a por mi pequeño labrador. Nuestro segundo encuentro, pero esta vez sería para siempre.

[…]

Ese día, el día que lo encontré, fue un día realmente especial para mí: Hacia dos meses que mi mejor amigo se había ido; que mi compañero de juegos nos había dejado; alguien que para mi ha sido, y sigue siendo, el mejor perro que nadie podrá tener.

Te querré siempre Cuco, estés dónde estés no te olvidaré jamás. Gracias por todos los años que nos regalaste de amor y felicidad.

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