Diario Westy

Pixel - Amigos de Bossy

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¡Qué ilusión me hace compartir esta historia con vosotros!

Ángela, la mamá de Pixel, ha contactado con nosotros para compartir su preciosa aventura de cuidar y proteger a su cachorrito de Westy. En su web www.diariowesty.es, hablan de sus aventuras y de los perros en general. ¿Aún no la has visitado?

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Pixel - Amigos de Bossy

Yo siempre he sido una amante de los animales, pero los perros me vuelven loca. Siempre que veo uno quiero achucharlo y darle besos.

De pequeña rescate a un cachorro de una casa en la que no le querían, no le sacaban a la calle e incluso le pegaban, y le adopte aunque vivía en casa de mis padres, y ellos no estaban muy de acuerdo con esta decisión.

De eso ya han pasado varios años, y el hueco que dejó Miki, no se llenaba con nada. Aunque lo deseaba, por trabajo no podía hacerme cargo de un perro, pero en cuanto las circunstancias cambiaron, me hicieron el mejor regalo del mundo, un cachorrito de Westy.

Cuando conocimos a Pixel por primera vez, tenía 10 días. Era una bolita de pelo blanca y ni siquiera abría los ojos. Como era muy pronto para llevárselo, quedamos con el criador en volver a los dos meses, y puntuales a la cita, volvimos a casa con un miembro más de la familia.

A los 2 meses Pixel era una bolita aún más redonda que la primera vez. Tenía una barriguita prominente, que ocupaba casi todo su abdomen. Era imposible andar por la calle, pues todo el mundo me paraba para decirme lo bonito que era, y Pixel saludaba a todo el que se le acercaba.

Con el tiempo creció, y la gente dejó de pararme por la calle, pero Píxel se quedaba mirando a todo aquel que pasaba extrañado de que nadie le dijese nada.

Ya hace casi dos años que tenemos a Pixel, y puedo decir que es el mejor perro del mundo, o por lo menos el más bueno.

Nunca me ha roto nada en casa, ni muebles, ni ropa, ni calzado. No roba comida, ni aunque esté a su alcance, y espera pacientemente su turno para comer.

Le encanta dar besos a la gente y a otros perros. Y si son muy altos, se pone a dos patas para poder llegar hasta su morro y desquitarse a gusto.

Le entusiasman los niños pequeños, y en cuanto puede se sube encima y les chupa toda la cara.

Saluda entusiasmado a todo aquel que le hace un poco de caso, resultando a veces un poco pesado. Tengo que reconocer que es un poco torpe, pues siempre se choca contra los bordillos al saltarlos. No calcula bien y salta antes de tiempo, comiéndose la acera.

Tenerle es un regalo, y ya no me imagino la vida sin él.

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